San Xoán

Cada año, en la noche del 23 de junio y coincidiendo con el solsticio de verano, se celebra uno de los más hermosos rituales colectivos conservados en Galicia, la festividad de San Xoán (San Juan) en la croa (parte alta) del castro de Castrolandín.

Esta celebración fue recuperada en el año 2001 por la Asociación de Amigos dos Castros durante los trabajos de investigación etnográfica sobre el yacimiento, previos a las excavaciones arqueológicas.

Conservada en la memoria ancestral, esta tradición, que se remonta a fechas muy remotas, se mantuvo hasta la guerra civil española, época a partir de la cual se prohíbe su celebración.

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La gente disfrutando de la noche mágica delante de la hoguera de San Xoán en Castrolandín.

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Cartel de San Xoán 2001

La recuperación de esta festividad se lleva a cabo procurando respetar su verdadero sentido, tal y como la transmiten los abuelos del lugar. Así, se enciende el facho principal en forma de hoguera en el centro del llano del castro; cuando esta pierde luminosidad y fuerza de calor, los asistentes se acercan para recoger su fuego en hachones de palo untados en grasa y llevarlo hasta cada una de las siete piñas que cuelgan de los cincuenta y dos ramos de sauce distribuidos por todo el perímetro de la muralla del castro. De este modo, se crea un círculo de fuego y una atmósfera única, con la sensación de que algo remoto y ancestral emerge con ese anillo de luz que llena el paisaje nocturno del valle de Cuntis en esa noche de verano.

Según Xurxo Ayán, arqueólogo e investigador directamente implicado en el yacimiento, existen tres vertientes simbólicas en la celebración de esta hoguera de San Xoán:

Por una parte, cumpliría, como en el resto del país, una función de ritual propiciatorio y purificador. Esta zona presenta además la peculiaridad de que las mujeres en edad fértil saltan la hoguera para favorecer sus posibilidades de tener descendencia.

Por otra parte, la celebración de la hoguera en un punto elevado actúa como elemento de autoafirmación de la aldea frente a las vecinas, ya que el fuego puede verse desde mayor distancia.

Finalmente, la fiesta desempeña una función de cristianización de un lugar que habría funcionado como punto de unión entre el mundo cotidiano de los vecinos y el mundo oculto de los mouros que, según la tradición —también en el caso de Castrolandín—, habitan bajo la tierra del recinto amurallado.

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